Te has cruzado en mi camino, con ese maravilloso bouquet de manzana de tu más que probable perfume de diario y automáticamente mi mente ha comenzado a volar imaginando el ritual que quisiera que siguieses a la hora en que te vistes, te maquillas e incluso te peinas para salir a la calle, camino del trabajo. Inmediatamente, una imagen ha pesado más que el resto y en un gesto infinitamente femenino he visto cómo dejabas, con una delicadeza extrema, caer una gota de ese perfume de manzana sobre cada una de tus deliciosas muñecas y has dejado que se sequen agitándolas suavemente, evitando el roce incluso con los puños de tu camisa, para que no se rompa el aroma. Después, esta caprichosa imaginación que tantas veces se apodera de mí, ha querido verte depositando otra gota sobre el balcón vertiginoso de tu escote y tu mirada reflejada en el espejo de la entradita de tu casa.
Envuelta en ese aroma que me ha acompañado durante un rato, me he tropezado con el eco perezoso de un café bien tirado, que se ha posado en mi más que exquisita nariz. Al mirar hacia la cafetería desde la que salía el intenso olor no he podido evitar intentar retenerlo también y sorprendida, he visto cómo un señor alto con bigote me ha mirado y ha sonreído en un gesto amable, que siempre deja huella también. Tranquilamente me he sentado en una mesa y he pedido uno con leche, que he dejado macerar sobre la mesa mientras ojeaba el libro que acababa de adquirir. Adoro cuando con el café te sirven un bombón de chocolate negro. La mezcla de sabores casi llega a ser excitante. Después de que ese pequeño tesoro se deshaga en la boca, das un sorbo a ese café amargo y voilà… descubres un nuevo mundo de sensaciones.
La música ha sido mi acompañante en el reinicio de la marcha que me ha de llevarme a casa y mientras me desplazo ligera por la rambla, me gusta imaginarme vista desde un plano superior, perdida entre tanta gente que viene y va y todos sus olores. A veces me siento un poco Jean-Baptiste Grenouille, y quisiera recoger todos los aromas, todos los perfumes que se me cruzan y meterlos en pequeños botecitos para tener siempre un recuerdo de cada ciudad, de cada persona, de cada calle que recorro, para que su huella en mí sea mucho mayor. Me encuentro de golpe con el olor anegado y sucio que deja tras de sí ese sexo barato, prostituido, travestido y sin prejuicios del final de la rambla, que se ancla a mis ideas dejando toda una serie de imágenes grotescas de caras vacías de todo sentimiento, miradas tristes y corazones rotos por vidas que también están quebradas. Y tan sólo quiero ya llegar a mi morada, esconderme tras las paredes que me ofrece, los olores de la ropa recién planchada, la comida bien cocinada y reflejar sobre el papel lo que ha dado de sí mi paseo matutino, desde que me he cruzado contigo y tu inquietante bouquet de manzana…
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